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La Noche 16...

lunes, 25 de agosto de 2008

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Experto en pérdidas*
Héctor Cortés Mandujano

A Frodo, mi gatito.

La noche pare incansablemente estrellas muertas, gatos en las azoteas, lunas tristes, amores clandestinos…
La noche es, también, cuando algo ha muerto dentro de ti (un amor, un familiar, una mascota) sólo un manchón oscuro, un abismo de penas, un desvelo permanente.
Puede ser dolor: postal detenida de una azotea solitaria, enorme soledad nocturna en un árbol de cabellos desordenados.
Frodo, mi gatito, dejó de respirar en una tarde de éstas.
Mi mujer, mi hija y yo le hicimos las honras funerarias, arrojamos tierra sobre su cuerpecito gris.
Vivió con nosotros toda su vida, salvo los veinte primeros días de bebé, y nos alegró (y nos enojó) muchas veces con su maullido proteico, con su apetito irrefrenable, con sus bellísimos ojos celestes.
Con la edad uno se vuelve especialista en pérdidas y las lágrimas no acuden (“el llanto es en mí un mecanismo descompuesto, como decía Rosario Castellanos, y sólo lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo el último recibo del impuesto predial”), pero sí llega una suave desesperanza, una sutil tristeza, una pálida depresión por saber que la vida es una implacable máquina que no se detiene por minucias sentimentales.
En el inicio de “El aleph”, Jorge Luis Borges dice: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”.
Al poco rato de que Frodo murió cayó un tremendo aguacero, que nos hizo recordarlo más. El mundo seguía sin él. Casi nadie se había enterado de su vida, de su muerte. Comenzó, a partir de ese momento, a vivir sólo en la memoria de quienes lo amamos.

*El tercer fragmento alude a las fotografías de Raúl Ortega (La catorceava noche, del 11 de agosto) y Alexis Sánchez (La treceava noche, del cuatro de agosto de 2008).




Foto: Raúl Ortega ( Chiapas )

Foto: Félix Cúneo ( Veracruz )


Foto: Alexis Sánchez ( Chiapas )


Foto: Isaac Aguilar ( Veracruz )



Lo simbólico del consumo nocturno en el puerto jarocho


Genaro Aguirre Aguilar


Las ofertas culturales que ciudades como Veracruz hacen, inciden en el esquema de percepciones y representaciones que sus habitantes tienen no sólo sobre la forma de habitar sino también de andar y ser en estos terruños. En ellos, el equipamiento urbano junto a la oferta y el consumo cultura atraviesan los sentidos de los ciudadanos para determinar las continuidades que llamamos diario vivir. En la ciudad de Veracruz y su zona conurbada, los cines, los teatros, los restaurantes, los cafés y los antros, entre otros espacios de socialización, se convierten en lugares de estar, de pasar y representar los días, las tardes, las noches citadinas, produciendo y reproduciendo sentido, estableciendo las «ciertas» diferencias y el distingo de los grupos sociales mismos que en la apropiación y resignificación de tales sitios, van definiendo parte del capital simbólico que caracteriza a cada uno de los sitios. Las formas de consumo que caracterizan las noches de fin de semana en la conurbación Veracruz-Boca del Río, muestran un entramado determinado por la oferta así como por los deseos y la apropiación que los propios usuarios hacen de sus lugares favoritos. De tal suerte, si la oferta nocturna define lugares, son los comensales quienes deciden y con ello la construcción de ambientes y atmósferas que enamoran a propios y extraños. En este tenor, la idea de la noche deja lo temporal para aproximarse a lo cultural incorporado, gracias a la cualidad simbólica que viene a tener la noche porteña. Vista así la noche, tenemos que en una ciudad nunca será igual que en otro tipo de contexto, pues la resemantización de lo nocturno cuaja de manera distinta. Metafóricamente diríamos, los personajes propios de lo nocturno citadino tienen mucho de «vampírico», mientras que en el campo estaríamos más cercanos al «chupacabras», por la manera en que se vive y construye la noche. Y si bien el vagabundeo nocturno en ambos casos tiene un sentido de trashumancia que arborece cuando lo vemos lúdica y críticamente, la actuación y la reproducción de la vida nocturna citadina, es demarcada por las maneras, el estilo con que la noche permite la socialidad, los vínculos y la reafirmación de la vida social en las ciudades. Como bien dijera algún autor, ubicados en una posición interaccionista o cognoscitivista, la cotidianidad en la ciudad es resultado de un sub-texto, de dramas de significados o de redes y relaciones que consituyen mapas o geografías que explican lo visible; es decir, la conducta social en este tipo de espacios. Y es que eso es la noche porteña, una suerte de sub-texto sociocultural que se consume en y desde la cotidianidad citadina, sobre el cual es posible reconocer una parte de la identidad jarocha y sus mundos posibles; porque en las noches y en los antros existen articulaciones de sentido que encuentran su génesis en eso que la ciudad dota: equipamiento y maneras de apropiarse para definir un imaginario social intenso, representaciones colectivas que nacen de la geometría, de la construcción del espacio y ese mundo cromático de color urbano, con todo y sus símbolos vernaculares que deciden sobre los modos de vivir y contar la ciudad nocturna, dijera Armando Silva. De allí que desmontar la articulación de la vida social en los antros, nos permite mirar la ciudad para poder contarla, para hacerla texto interpretable. Por ello mismo, indagar, caminar, vivir, usar sus espacios y temporalidades, es navegar sobre ellos para ver cómo negocian y construyen sentido sus usuarios, esos caminantes de la noche, esos personajes vampíricos que, cobijados en sueños, deseos, temores, rencores, convierten a la noche en un circuito de compra-venta, y a los antros en lugares de tránsito o abrevadero de vivencias que transpiran normas, olores, representaciones, formas de acción que ordena lo propio y lo ajeno, lo formal y lo lúdico, los tiempos tanto el cotidiano como el de excepción, como dijera Rossana Reguillo, y que inventamos todos los días los urbanitas. Los usos de la noche citadina son un complejo sociocultural que suele pasar por la práctica de la vida misma, de lo imaginal incidiendo en la percepción y representación de la vida de los propios sujetos sociales, quienes se la apropian para transformarla en relatos de lo cotidiano a partir de sus pronunciamientos individuales o colectivos. Por todo esto, de un lado tenemos al Veracruz geográfico, geométrico, hecho de construcciones visibles, planificado, legible. Del otro lado, la ciudad otra, poética, ciega y opaca, trashumante, metafórica, que mantiene con el usuario una relación parecida a lo amoroso corporal. Porque la ciudad no es tanto por ella, sino por el sujeto social que la objetiva y configura con sus emociones, tristezas, apetencias, andanzas, disoluciones; socialidades con vínculos fuertes o débiles, dispersos, simultáneos, constantes o fragmentados. Finalmente, como es de entenderse, estas maneras de ser urbano de vivir lo nocturno en el puerto jarocho y su conurbación, va más allá de las marcas institucionales, para pasar a hablarse de una práctica urbana, en donde encuentran cabida las formas en que se consume lo citadino nocturno, permeando prácticas socioculturales que dan sentido a las formas de interacción observadas en esos escenarios nocturnos territorializados.

La Quince...

lunes, 18 de agosto de 2008

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Fragmento de mail de un estudiante de psicología*
Héctor Cortés Mandujano

…y no sé si te conté del maestro que nos pidió una foto para analizarla psicológicamente. Él tomó como muestra la de una chava, en un billar, con el taco levantado y la mesa detrás. ¿Sabes qué nos dijo el güey? Que eso era una muestra de la envidia del pene que tienen las mujeres, una teoría de Freud.
El taco, nos dijo, es un símbolo fálico. La mujer lo toma como si fuera suyo y, como a los hombres nos interesa tanto el tamaño, ella se siente orgullosa de tenerlo tan grande. Además, dijo, el taco, es decir el pene, debe juntarse con las bolas (una obvia alusión a los testículos, según él) y meterse a la buchaca, es decir, a un orificio, lo que implica penetración. La mesa es, claramente, la cama. Esa mujer, dijo este cabrón, así realiza su ambición de ser hombre, así cambia de sexo.
—¿Y no podría ser nada más una mujer a quien le gusta jugar billar?, dijo alguien.
—Puede ser, contestó el profesor, y en ese caso sería una mujer insatisfecha, que sublima su deseo de tener un pene entre las manos al tomar el taco; al golpear las bolas y buscar el orificio insinúa su necesidad de ser penetrada.

A la otra clase yo le llevé la foto de un hombre poniéndose un guante de látex y, no mames, el güey me salió con que en mi elección había una homosexualidad latente. Otro le enseñó la foto de una teibolera que muestra las nalgas mientras está enrollada en un tubo y le dijo que su gusto por las mujeres desnudas muestra su incapacidad para superar su adicción materna. No hay mayor desnudez, en todos los sentidos, que en el momento de parto, aseguró muy docto. Gozar con un espectáculo desnudista es la demostración más palpable del complejo de Edipo. Puta, el chiste es que, según él, todos estamos bien jodidos de la mente.
—¿Y los que toman las fotos?, le dije, ya encabronado.
—Esos son los más enfermos, dijo.

*Texto inspirado en la foto de Raúl Ortega, publicada en La décima noche, del 14 de julio; las alusiones finales corresponden a las fotos de Félix Cúneo (La novena noche, del 7 de julio) y Raúl Ortega (La séptima noche, del 23 de junio de 2008).



Foto: Raúl Ortega ( Chiapas )

Foto: Félix Cúneo ( Veracruz )

Foto: Alexis Sánchez ( Chiapas)


Un ángel en la oscuridad
Genaro Aguirre Aguilar

Nota a la imagen de Alexis en su 13ª noche.

Llego apresurado a mi habitación. Me quito la ropa como puedo y temeroso apago la luz. Espero unos minutos antes de atreverme a descorrer las cortinas. Sigiloso busco cómo y dónde acomodarme mejor. Llevo al pie de la ventana un banco de plástico y me siento. Cuidadosamente corro un tanto la tela y veo hacia la calle. Nadie. Me levanto un poco para tener un mejor ángulo. Y sí, allí esta. Por encima del horizonte, en medio de una cavidad lumínica, un tanto hacia la derecha del desnudo árbol que se erige frente a mis ojos. Sigue en donde mismo, exactamente igual que cuando descendí del urbano para descubrir y sentir el temor propio de quien se enfrenta a lo desconocido. No sé porque nadie se percató de él, todos caminaban despreocupados. Por más que buscaba en sus miradas no pude encontrar nada que revelara el mismo terror que en mí despertaba esa figura espectral vigilando desde las alturas.
Pocos segundos después, alcanzo a distinguir que alguien camina por la acera. Cierro inmediatamente la cortina al ver la forma extraña en que se detiene para recostarse al poste luz. Un estremecimiento recorre mi espina dorsal y el corazón amenaza con salir expulsado cuando su mirada se dirige hacia las alturas. Creo que me ha visto. Me escondo. Segundos después, vuelvo a mi posición para ver un auto iluminar la acera y descubrir que no hay más nadie donde creí haber visto a alguien. Suspiro, tomo calma, busco una vez más y allí sigue, a la misma altura. Vuelvo la atención sobre aquella extraña entidad rodeada por una luz mortecina que demarca su área de dominio. Tiene alas extendidas. Al tiempo que abro un poco más las cortinas, escucho que alguien toca a la puerta. Me quedo frío. Siento una asfixia que ahoga, toso y un flujo amargo brota de mis adentros. Me muevo pesadamente hasta alcanzar el picaporte. Antes pregunto «quién llama». El silencio. Abro despacio y una luz inmensa ilumina la habitación. Caigo desplomado. Apenas alcanzo a escuchar que alguien me nombra, mientras un extraño estado de ingravidez se desborda por mi cuerpo. Distante, la misma voz cree encontrar en mi mirada la expresión del vacío, de la nada; la misma sensación de levedad que al final siento mientras alguien exclama: «Se ha ido».

La Catorce...

lunes, 11 de agosto de 2008

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Los que hacemos la noche proyecto agradecemos de manera especial el trabajo de rediseño a nuestro site por Gabriel Ramírez "Balam", muchas gracias por la nueva noche, bienvenido seas a ella.


Las brujas del espejo*

Héctor Cortés Mandujano

Nunca más creeré en esos demonios impostores
que nos confunden con sus equívocos,
y susurran sus promesas al oído,
pero no cumplen con nuestras esperanzas.
Macbeth, de William Shakespeare.

Me llamo Beth. No sé por qué mis padres decidieron para mí este nombre, que parece femenino. No pude preguntarles, los perdí cuando aún era niño. Me criaron familiares, empleados de orfanato, la calle. Viví una niñez de pobrezas y una dura adolescencia, que no lograron eclipsar mi ambición de llegar a saborear riquezas, éxito en todos los órdenes de la vida.
Muy joven comencé con los oficios de mesero y atendí, al principio, cantinas, bares, restaurantuchos. Cuando supe lo básico ingresé a restaurantes de mayor calidad y, después, a fiestas exclusivas. En una de ellas, en una celebración de quince años, entré en un salón donde cinco jóvenes brujas me miraban como desde un espejo mágico. En la mesa tenían una bola de cristal.
Pregunté si querían algo y ellas rieron. La del centro me dijo:
—Tú eres quien quieres algo. Tu corazón está lleno de dudas. Plantéalas y te responderemos, te aclararemos el futuro.
Aunque me pareció extraño hice dos preguntas. La interpretación errónea que di a la primera respuesta me trajo una desgracia. “Cuídate de la cruz”, me dijeron y yo abandoné la visita a templos, los rezos antes de dormir, los ritos religiosos que me habían inculcado. Un día crucé la calle sin cuidado y me atropelló una ambulancia (una cruz, qué estúpido fui). Permanecí en una silla de ruedas durante meses, solo, rumiando mi desgracia, la miseria de mi destino.
La segunda respuesta era también críptica. “Tu felicidad la encontrarás en el espejo”. Le di vueltas a la frase, a sabiendas que un nuevo error podría llevarme a algo peor que una silla de ruedas. Se volvió una constante pensar en aquello.
Un día pude caminar de nuevo. Para exorcizar el pasado decidí tomarle una foto a la silla solitaria. “Nunca más me tendrás sobre ti”, le prometí en silencio. Con la cámara al hombro fui a una tienda para revelar la fotografía. La dependienta buscaba, de espaldas al mostrador, algo en un cajón. Cuando levantó el rostro yo la vi en el espejo que la reflejaba. Me sonrió.

Supe que las brujas me habían regalado un buen augurio, después de casarme con Berenice. No era una empleada, sino la hija del dueño. Ahora bebo güisqui y visto a la moda, ayudo en la tienda y tengo un par de lindas hijas. La vida me sonríe. Ayer, de noche, oí piedritas en la ventana. Me asomé. Eran las cinco brujas. Bajé para hablar con ellas.
Me insistieron para que les hiciera otra pregunta o les pidiera un deseo. Pedí nunca volver a verlas.

*Texto inspirado en dos fotografías de Alexis Sánchez: La novena noche, del 7 de julio, y La décima noche, del 14 de julio de 2008.


Foto: Raúl Ortega (Chiapas)

Foto: Félix Cúneo (Veracruz)


Foto: Alexis Sánchez ( Chiapas )

Foto: Isaac Aguilar (Veracruz)


Duermes y de este otro lado… el mundo
Genaro Aguirre Aguilar
A mi hija Ximena, en sus tres años

Desde este otro lado del mundo, eras una crisálida así acurrucada al amparo de esa endémica luz que la diminuta lámpara irrigaba sobre tu pequeño cuerpo. En ese otro lado por donde transitas, la inocencia es un estado esencial de tu pequeña humanidad. Al verte así cual capullo y serena, nuestro anhelo es esperar que los territorios por donde andas sean de eterna felicidad. No importa si sonríes, lloras, te enojas, te estas quieta, mientras sea el ropaje propio de tus sueños, pues allá donde habitas en este instante, los lugares suelen estar poblados de entidades juguetonas. Justo ahora que te vemos, quién sabe de la mano de qué noble o travieso ser caminas. Contemplativos, sólo atinamos a dejarte soñar, a ver en ti la emoción, la felicidad que decanta por la núbil comisura de tu sonrisa, testigos de un genuino diálogo entre tú y aquellos divinos seres para las que no tenemos nombre.
De este lado, agazapado en el presente, se revela un porvenir lleno de contradicciones, de temores, de inquietudes; las propias de quienes viven en un mundo donde pareciera otro no es posible. Pero allá, por donde caminas y junto a quienes das rienda suelta a tus travesuras, no hay pena, ni dolor, ni desaliento, sólo horizontes de gozo o de quietud, de esos para los cuales desde aquí y en nuestro ahora, únicamente se revelan inciertos. Es tu frágil cuerpo así contraído, el que espera desplegar sus alas para emprender el vuelo, mientras en vigía tus padres se convencen del suspiro y se ven uno a otro sin atinar a nada que no sea sonreír. Aquí, nosotros, allá tu, trepada en las nubes, dejando una estela, viajando con el viento, saltando nenúfares hasta alcanzar la orilla y descansar tras los muchos mundos que haz caminado. Acá, el sueño que vence para dar paso a la inquietud que nos asalta al caer nuestros párpados. Allí, un hermoso amor hecho de alientos, de anhelos, de esperanzas aun cuando sepamos lo difícil que es seguir creyendo. Duermes, mientras de este lado del mundo, el tiempo nos cobija con las incertidumbres propias de nuestras pequeñeces.

La Trece...

lunes, 4 de agosto de 2008

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Un corazón que salva al mundo

Héctor Cortés Mandujano

A Paulita, obviamente.

El primero de enero del año 2000 era la fecha del fin del mundo. Varias profecías lo señalaban. Ante la noticia hubo, por supuesto, los incrédulos, los indiferentes y aquellos que decidieron hacer algo. Un grupo ayunó y subió hasta el pico de una alta montaña mexicana. En el primer minuto del año unieron las manos y, en silencio, cada cual repitió palabra por palabra el rezo extraño que habían ensayado. Cerraron los ojos y levantaron el rostro al cielo. Así permanecieron hasta saber que su acto había triunfado sobre la amenaza del holocausto. El mundo continuaba, continúa. Ellos lo salvaron con su fe.
Hay una tendencia a creer que los grandes sucesos naturales se presentan con bombo y platillo, con alharacas. No es así. El mundo, por ejemplo, dice la Biblia, nació de una manera muy simple. Dios dijo hágase la luz y la luz se hizo. Magia tremenda. Lo crees o no lo crees. Y así las montañas, el mar, el viento, el hombre, la mujer, el escarabajo, todo.
En cambio, hay alarmas, ahora, a la orden del día: sobrecalentamiento global, inundaciones, hoyos de ozono en el cielo, sequía en algunas partes del mundo, fuegos incontrolables. Los activistas obligan a presidentes a suscribir convenios de protección ambiental, grupos acordonan de paz a pueblos en guerra, héroes y heroínas salvan ballenas, muchos ayudan a que la vida en el planeta continúe. La gente buena, sin embargo, no sale en las noticias; su trabajo es sutil, cercano a lo inexplicable.
Esta labor de tantos se hace también de manera individual, sin que nadie parezca notarlo. No la pueden hacer los hombres que se han envilecido en el odio, ni las mujeres dominadas por sentimientos mezquinos. No ayudan los niños que arreglan sus diferencias a golpes o insultos. Las ideales para este trabajo parecen ser las niñas que han sido tocadas por la bondad y el amor actuante.
El peligro del fin del mundo puede existir en este momento, pero viene aparejado con una solución, que sólo pueden captar los seres que no han perdido la capacidad de creer en lo que los demás consideran una ilusión, una fantasía.
Muchos pueden estar pensando en la destrucción de todas las cosas y no tendrán éxito porque alguien (un ser de espíritu noble, de alma ingenua) lo vencerá con un movimiento aparentemente simple y un pensamiento poderoso: levantar los brazos y alzar el rostro rumbo al cielo. Pensar en lo maravilloso que es el universo, la vida.
Lo malo que podría ocurrir no ocurre cuando una niña levanta su corazón y lo muestra, espejo límpido, para que los elementos que nos han creado vean que la humanidad aún tiene futuro. Tal vez sus palabras también sean sencillas: ¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Y esa convicción amorosa permite que el mundo siga dando vueltas.

*El subrayado es parte de una canción de Fito Páez. El texto está inspirado en la fotografía de Raúl Ortega, publicada en La novena noche, el 07 de julio de 2008.


Foto: Raúl Ortega (Chiapas)

Foto: Félix Cúneo (Veracruz)

Foto: Alexis Sánchez (Chiapas)

Foto: Isaac Aguilar (Veracruz)



En tornos de nocturnidad melódica
Genaro Aguirre Aguilar


No me convence tanto la inspiración. En todo caso quisiera entenderlo como revelación, después de todo asumirse como alguien capaz de andar al borde de lo celestial posible, puede ser más interesante que acercarse a los umbrales de un acto creador mediado por entidades terrenales; sin descontar lo que de sublime y éxtasis supone aparentar ser un morador de los territorios de la revelación mística. Así, como otras tantas ocasiones ocurre, fue en el instante que buscaba recordar una frase del tal Sabina, que como aguijón entró para codearse con la melancolía la estrofa de un canción que tengo en buen aprecio. Era Ismael Serrano y su canción «Allí», junto a quienes volví en un suspiro a esa suerte de matria que es mi lugar de origen, para decidirme a hablar sobre la importancia que muchas noches tuvieron las canciones que escuchaba en la juventud. En esa entrañable canción, el cantante junto a su escucha, se enfrenta a los recuerdos, al reconocimiento nostálgico de la dureza que significa asimilar el cambiado que se revela a cada paso que damos en esos rincones donde nacimos; un cambio que también resuena en la propia mirada de quien reconoce y recuerda filones de su pasado como esa canción y, de vez en vez, vuelve a caminar aquellas calles. Así, la transformación vivida por el pueblo y el barrio donde se creció, igualmente se muestra cual brizna que borda las pieles en la gente que se quedó en aquellos rincones, pero también quienes han emigrado. Por eso mismo, el despliegue de memoria realizado, tiene una cierta textura que obliga a reconocernos en buena parte de los retazos de vida de que habla Serrano. Sobre todo cuando deja entrever la manera en cómo durante su infancia fue aprehendiendo y haciendo suyos los monstruos y fantasmas que poblaban sus noches, mismos que -contrastados con los que de adulto lo acechan -, no fueron más que la materialización ingenua de sus primeros aprendizajes en torno a la oscuridad, pues aquellos seres al acecho bajo la cama o metidos en el ropero, eran mucho más dulces que estos que ahora el interprete y quien escucha tiene en su madurez. Tras esa lírica arropada por lo melancólico, como escuchas tampoco podemos dejar de reconocer lo que ha significado la música desde siempre, particularmente en aquellos años cuando la identidad y el aprendizaje emocional efervescían en noches de plenilunio o bajo cualquier otra forma de cúpula lunar nocturna. Eran canciones rasgando el telón de la noche que cruzaban la frontera demarcada por las paredes de la casa de mi abuelo. Aquellas letras venidas de territorios inexpugnables entonces, tenían como propiedad el relato contundente del desamor, del odio, de la vendetta, pero también del gozo de rompe y rasca. Sin grandilocuencia ni exquisitez alguna, esas anécdotas cantadas al ritmo del órgano, del saxofón, del acordeón o la tumbadora, eran el toque distintivo de ese reducto de mundo por el que Dios pasaría muchos años después. En tanto, la imaginación cabalgaba, trepada en lo melódico del instante, del anhelo en quien aún no rebasaba su juventud temprana. Quizá como nunca y de la mano de aquellos grupos y solistas de lo nocturno, pronto pudimos comprender otras formas de ser, explorando en el revés de las almas de aquellas letras como de la vida misma. Años después, la juventud maquilaba (¿o acaso maquillaba?) historias y dejaba de andar sobre las huellas de aquellos que habían caminado por esos andurriales para trazar sus propias andanzas, para atreverse a mirar los rostros o indagar en las miradas de quienes vibraban por las noches con otras historias, otras trayectorias, otros sueños que casi siempre terminaban por rayar en la pesadilla. Nunca como entonces, reconozco, la música popular fue el territorio para vivir y representar una alternativa de vida y que ahora –únicamente- vuelvo a ella a través de la inventiva y ocasiones como estas. Pd.- Por cierto, la estrofa sabiniana es aquella que dice «peor para el sol...»

La Doceava Noche...

lunes, 28 de julio de 2008

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Con su cuerno de añil pescaba una canción*
Héctor Cortés Mandujano

Le regalaron, de niño, una cámara fotográfica y la usó de inmediato: la sonrisa desdentada de la abuela, el árbol del patio, los dibujos proteicos de las nubes.
No era un juego, sin embargo, sino la búsqueda de apresar lo imposible. ¿Cómo hacerle una fotografía al aire, dónde se volvía imagen explícita el amor?
Intentó que su cámara lograra volver fotografía la paz tridimensional del amanecer, el dolor de un bosque ardiendo, el último respiro de un moribundo. Luego buscó la belleza del rostro femenino, el erotismo de una caricia posada, la violencia nocturna de las calles. Fue coleccionado imágenes, volviéndose un profesional, ensayando donde los demás daban la vuelta.
Pero si un adulto deja de ser niño deja de inventar. No hay nada peor para la creación artística que un hombre sin niñez en el espíritu. Por eso comenzó a buscar algo que nadie hubiese encontrado, para fotografiarlo. Por eso pensó que en el mar debía existir, íngrima, abandonada, la última sirena mitológica; que en el profundo bosque virginal trotaba aún el centauro final; que en alguna madrugada, en una loma lejanísima, podría vislumbrarse la silueta blanca de un unicornio.
No tuvo un éxito inmediato y los años fueron pasando. Rebasaba los treinta cuando una noche su tenacidad fue recompensada: en el techo de un edificio lo vio. Era un unicornio, sin lugar a dudas. De su cuerno brotaba hacia el cielo la palabra dónde. ¿Dónde? Tal vez si se hubiera detenido un poco más el mensaje se hubiese completado, tal vez allí estuviera la clave justa para que su vida se transformara, tal vez fuera la frase de una canción compuesta para su único disfrute. Pero era un fotógrafo y, nervioso, temblando, oprimió el obturador.
La imagen resultó un poco temblorosa. El mítico animal volvió la vista entristecido y vio a Félix, muchos metros debajo, con la sorpresa todavía detenida en el rostro. Ninguna letra más surgió de su cuerno majestuoso y de su lomo brotaron dos alas blancas. Se perdió en el cielo.
Hay en la vida un instante donde podemos asomarnos al misterio irresoluble, a la puerta entreabierta del palacio de los arcanos. Félix lo hizo entonces. Félix quiere decir feliz, cualquiera lo sabe. Él lo supo esa vez, en el momento que el unicornio dejó de ser un sueño y le regaló, en un parpadeo, la realidad feliz y fugaz de su presencia inolvidable. Y se fue, para siempre.

*El título es un verso de la canción “Unicornio”, de Silvio Rodríguez, y el texto fue inspirado por la fotografía de Félix Cúneo, publicada en La quinta noche, el lunes 9 de junio de 2008.


Foto: Raúl Ortega

Foto: Félix Cúneo

Foto: Alexis Sánchez

Foto: Isaac Aguilar

De otras noches tristes
Genaro Aguirre Aguilar


A mi hijo Aldo

Por alguna razón, estos días veraniegos de calorcito entrando por los poros, suelen venir con aires de recuerdos, de añoranza, de memoria… A veces cargados de gozo pero otras tantas de melancolía, nostalgia o de llanto como llovizna pertinaz. Y es tan sólo por eso, que logro entender las razones del porqué, una mañana de estas, ha vuelto en el tiempo aquel pasaje que sólo con los años pude hacerlo significativo.

…Las habíamos preparado con semanas de anticipación. Por ello, antes del mediodía las maletas ya estaban listas, particularmente la de mi hijo, quien sin tener del todo conciencia, sabía que saldríamos de vacaciones a visitar a sus tíos y primos que vivían en la ciudad de Oaxaca.
Antes de las doce de la noche llegamos a la central camionera. De la mano, entramos a la sala de espera. Busqué lugar cerca de la puerta por donde sabía se llegaba al andén correspondiente. Las dos maletas, a un lado de nosotros, pues como solía ser común en esa línea de autobuses, se documentaba justo antes de abordar. En medio de los juegos con mi hijo y los cuentos de la abuela, poco a poco se iba acercando la hora de salida, como también en los ojos de mi pequeño, el acecho de un sueño infantil que demandaba cobijo a esas horas de la madrugada.
Quince minutos antes y ya con mi hijo al hombro rendido por el sueño y la espera, pregunté al guardia que vigilaba el acceso si podía pasar para adelantar con las maletas. Dijo que no, hasta diez minutos antes de la hora y una vez anunciada la corrida. «OK». Me retiré a esperar el llamado. Diez minutos antes, tampoco nada. Me volví a acercar al poli. «Hasta que lo anuncien y aún no lo hacen», volvió a decirme. Le dije ya eran las 12:20. No respondió nada.
A la hora marcada en el boleto, volví a insistir y aquel guardia subrayó que aún no era anunciada la salida a Oaxaca. Efectivamente no había escuchado el anuncio, pero también era cierto que en medio de tanto ruido, a veces no se distingue muy bien lo que dice una estereotipada voz femenina que anuncia las corridas. Desde allí no podía desmentir aquello, pero recuerdo socarronamente oírlo decir: «en ocasiones se retrasan las salidas». Con mi hijo durmiendo sobre mi hombro y de pie, desesperado veía salir a otros pasajeros.
Tarde me decidí a preguntar en ventanilla. Pregunté al poli que si podía echarle un ojo a mi equipaje. «Sí». Salí de allí y la chica de información terminó por confirmar que el autobús había salido tenía 20 minutos. Que sí había sido anunciado. Con la impotencia a cuestas, regresé con el guardia y le reclamé airado. No hubo nada. Cuando mi hijo soñoliento preguntó si ya nos íbamos, atiné a guarecerme en el silencio. Con la impotencia y un dolor a cuello de garganta, sabía la primera prueba como padre separado arrojaba malos saldos. Como pude salí de la terminal y tomé un taxi camino a casa. En medio de la lluvia, las aceras del puerto eran cristales acuosos como resonancia de lo que llevaba dentro. «De vuelta al hogar», comentó el chofer. No recuerdo qué respondí, pero sí que sobre mi regazo contemplaba a mi pequeño hijo, quien temprano sabría de otro más de los sinsabores de la vida.
Hoy que pasa conmigo algunos días, le he comentado de esto. Como es de suponer, no lo recuerda, pero eso no impide que el nudo en la garganta se haga presente, al tiempo de reconocer que -desde entonces- una deuda con él sigue estando pendiente. Aunque acepto que lo ocurrido aquella noche, no lo resuelve otras que han pasado como aquellas que siguen pendientes de pasar en los andenes veraniegos.

La Onceava Noche...

lunes, 21 de julio de 2008

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Carta de un pianista a una cantante de rock*
Héctor Cortés Mandujano
Al sonar las tres de la mañana
los muñecos se paran a bailar.
La casa está dormida,
nadie los verá…
“Baile de los muñecos”, de Cri Cri
Linda mía, Ely:
Te escribo este recado con rapidez, pues, lo sabes, sólo tengo, tenemos, escasos momentos para dejar de ser estatuas.
La noche, para nosotros, desde hace tiempo, es un reflector que nos da en la espalda. La luz que a mí llega se estrella contra mi ropa formal; en tu espalda la luz se vuelve el día: eres la iluminada y, al mismo tiempo, la que ilumina.
Estamos en escenarios alejados y nuestra música viene de vertientes distintas. Yo hago que, con mis dedos, la madera cante; tú cantas y tu canción viene desde dentro de ti misma y es tu voz el potente y bello instrumento que la pone en los oídos de todas las silenciosas fotografías que nos acompañan. Yo me peino con fijador, para que ningún cabello esté fuera de su lugar; tu cabellera es una explosión de rebeldía.
Yo toco el piano en la cuarta noche y tú cantas en la novena. Yo soy una criatura inventada por Alexis Sánchez y a ti te capturó Isaac Aguilar. Somos, en apariencia, sólo dos fotografías instaladas en un blog que se llama La noche.
Mi foto no tuvo pie, nadie me dio un nombre, soy un hombre anónimo que toca el piano, y a ti Isaac te ha llamado Ely Guerra. Nos pusieron en jaulas distintas, pero cuando nadie visita el blog, cuando todas las computadoras se apagan, y nosotros podemos vivir la vida cibernética que nos ha sido otorgada, toco para ti la melodía que sé llegará hasta tu corazón y luego oigo que cantas para mí esa canción tuya que me gusta: “Nuevos ojos, nueva piel, nuevas las manos del placer, van metiéndose y de a poco dominando mi querer”…
Ely, tal vez algún día podamos huir de este blog que nos aprisiona, quizás alguna vez podamos estar en la misma noche y yo tocaré para ti desde mi tristísimo piano enamorado, mientras tú me cantas una de tus canciones al oído. Alguien ha encendido una computadora, tengo que irme. Adiós. Hasta entonces.

El anónimo pianista que te ama.

*Texto inspirado en las fotos de Alexis Sánchez (cuarta noche, dos de junio de 2008) e Isaac Aguilar (novena noche, siete de julio de 2008).


Foto: Raúl Ortega (Chiapas)

Foto: Félix Cúneo (Veracruz)

Foto: Alexis Sánchez (Chiapas)

Foto: Isaac Aguilar (Veracruz)


Juveniles criaturas de la noche
Genaro Aguirre Aguilar

Pongamos son chicas que andan en los veinte años, aun cuando sabemos lo difícil que en estos tiempos es tener certeza sobre la edad que tienen las mujeres, quienes han hecho de esa etapa de vida una experiencia caracterizada por cierta estética capaz de desdibujar certezas en torno los años que realmente tienen. Así, una cuarentona o una adolescente, hoy día pueden mostrarse lozanas y comúnmente joviales, por la facilidad que existe en el mercado cosmético de encontrar las formas de enmascarar sus edades. Los atuendos, la bisutería y el maquillaje son recursos que hacen de los cuerpos –quizá- el territorio mejor provisto para mostrar las características de una sociedad de consumo, tanto como las estrategias para jugarle una mala pasada al tiempo.
Son entonces mujeres jóvenes de esas que cuando uno las ve, quisiera encontrar más allá de sus rostros, un proyecto de vida distante de los cánones del último grito de la moda y una industria que pone en vilo a la propia humanidad, al convertir al cuerpo mismo, en un bien de consumo y desecho por igual. Lo cierto es que uno se queda con la idea de estar ante jovencitas que pareciera son producto del mismo molde, de la misma mente estratégica, cuyo oficio es proveer los recursos para configurar un mundo sujeto a estándares del magazín plástico propio de lo que algunos llaman sociedad líquida.
Por ello, ese anuncio espectacular a un lado del bulevar que desemboca en la plaza comercial más importante de la zona conurbada Veracruz- Boca del Río, tal vez sea la mejor expresión de un universo urbano que se cuaja y consume en las noches del puerto, particularmente entre los sectores privilegiados de la localidad, quienes suelen acudir al popular antro que se anuncia.
Así que allí están nueve de ellas (y tres de ellos), encarnando la expresión más significativa de la nocturnidad urbana porteña light: con sus atuendos oscuros, sus cabellos revitalizados por los tintes y los mejores shampoos; de ojos delineados con los colores propios de la ocasión y un ángulo que exprime mejor un conjunto de miradas que convocan, subordinan, someten, detonan la imaginación de quien las ve.
Lo oscuro del diseño en el mensaje (del atuendo de quienes modelan a los colores predominantes en el montaje), remite a la noche, a la «oscuridad», sus territorios y sus personajes. Desde la señal que tres de ellas realizan con sus manos, se está ante un símbolo «demoníaco» heredado del satanismo, que si bien resemantizado por las agrupaciones metaleras, no está desprovisto de una carga simbólica para iniciados, con todo y la lengua que una de ellas nos muestra. Todas son jovencitas de miradas seductoras que terminan por ser la encarnación de las nuevas criaturas de la noche.
Detrás de tales ninfas o diablesas urbanas, el pecado en cualquiera de sus formas: desde el deseo provocado por lo desconocido y sugerido en esos perfiles próximos a besarse a lo pecaminoso de una imaginación observadora que se deja encantar por el diseño iconográfico. O esa suerte de lascivia candorosa en un mirar que provoca estados emocionales en el viajero.
Estos modelos juveniles, son significativamente estereotipos que materializan una opción de la diversión porteña. La evidencia de un cierto tipo de consumo cultural donde la noche es un universo imaginal. En todo caso, la puesta al día de lo desconocido, de aquello que los adultos estamos lejos de dimensionar pero que -camino a casa-, cuando se pone atención o interés a lo sugerido por esos rostros juveniles en el susodicho espectacular, no deja de salir a volar la imaginación o en todo caso, de realizar una lectura socioantropológica de lo que allí puede esconderse.

La Décima Noche...

lunes, 14 de julio de 2008

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Libando noches llegamos a la décima semana, cortejando, seduciendo, trasgrediendo instantes, vidas, oscuridades. Algunos caímos, otros salimos de ellas, fotografiando con palabras y escribiendo con luces. El camino aún es largo, pero se torna fructífero, ambicioso, retador y complaciente. Vamos pues a continuar el exorcismo, la liberación de los nocturnos deseos se extiende a ustedes.

Félix Cúneo Escamilla / Julio 2008



Nidos y espolones*
Héctor Cortés Mandujano

Hace muchos, muchos años, en los arcanos del tiempo, existía un reino donde vivían felices gallinas, gallos, pollitas y pollitos.
Ellos, los reyes del gallinero, tenían muchas gallinas a su disposición, y ellas ponían, contentas, los huevos que resultaban del fugaz contacto: él, arriba, la tomaba de la breve cresta, la pisaba en precario equilibrio, aleteando, y le dejaba su parte para reproducirse, para que el reino de picos y plumas se multiplicara.
Las gallinas hacían nidos enormes y se echaban, días y noches, vigías perfectas de las varias vidas que explotarían, con muchos huevos debajo de su ancho cuerpo, de sus amorosas plumas. Y nacían pollitas y pollitos, que eran enseñados a cazar lombrices, a caminar en grupo, a mover las alas y a huir del gavilán, de la serpiente silenciosa.
Pollitas y pollitos crecían hasta convertirse en lo que sus padres habían sido; alguna gallina mayor desaparecía un día, se iba un gallo que ya tenía suplencia. Un monstruo de dos patas se los llevaba y contra él nada podía oponerse.
Este paraíso un día desapareció. Nadie sabe cómo.
La leyenda que supieron los últimos gallineros hablaba de la construcción de grandes naves donde se hacinaban miles y miles de aves, con soles pequeños, como campanas de vidrio, que nunca se apagaban; fingían un día eterno, que les hiciera comer incesantemente productos que los crecían con increíble rapidez. No cazaban, no correteaban, no tenían espacio. Eran bebés todavía cuando los llevaban al matadero.
Pero, se preguntaban, ¿cómo suplir el canto de los gallos que anunciaba el amanecer? La respuesta era escalofriante: habían inventado una máquina que hacía ruidos, un repetido sonido metálico. Despertadores los llamaban. Las gallinas, contaban, y esto era terrible, ya no anidaban. Los huevos de esta pesadilla en que se había convertido el mundo no producían pollos, eran hueros, sin vida latente. Gallos y gallinas no tenían necesidad de saberse hembra y macho. Sólo eran carne de consumo.
Se creía, por último, que la efigie de gallos, gallinas, pollitas y pollitos desaparecería, pues para los monstruos de dos patas ellos eran nada más comida para la mesa, remedios para el hambre. Tal vez por ello algunos monstruos, de sensible corazón, copiaron las formas de la especie extinta y la reprodujeron en, por ejemplo, gallos de barro que, puestos en algún buró nocturno, pensaban que tal vez pudieran cantar con la llegada de la aurora. Y no, no cantaban.
Ya no se escuchan nunca, ahora, de madrugada, en ese mundo sin gallineros, los cantos lejanos y cercanos de las aves míticas que sacaban el pecho, abrían el pico y retaban al sol con su quiquiriquí. Nunca más.

*Texto inspirado en la foto de Isaac Aguilar, publicada en La segunda noche, el 19 de mayo de 2008.


Foto: Raúl Ortega (Chiapas)

Foto: Félix Cúneo (Veracruz)

Foto: Alexis Sánchez (Chiapas)

Foto: Isaac Aguilar (Veracruz)

La zurda bajo el sostén
Genaro Aguirre Aguilar

Sabía era absurdo pero igual que lo debía de volver a hacer. Así que –una vez más- se vio al espejo para confirmar que su cabello estaba en el lugar que correspondía. Aún con tal certeza, tomó la peineta y la pasó una, dos, tres veces por los mismos lugares. Igual que siempre, tras el peine engarzado en el dedo medio de una mano derecha que iba y venía, la mano zurda hacía lo mismo, dando el último retoque. Minutos más tarde, comprobó que estaba como le gustaba quedar: no tan bien por un físico que no le favorecía, pero pasadero.
Se sentó al filo de su cama y volteó hacia la mesa en donde un reloj Haste marcaba la hora. No era tan tarde aún, había quedado ver a Melina a las 5 pm y a penas iban a dar las 4:30, así que pensó echarse un rato a descansar. No obstante, renegó de la posibilidad, pues eso representaría volver a peinarse. Prefirió adelantarse, después de todo –dicen- a las mujeres les gusta que el hombre sea puntual. Ellas pueden llegar a la hora que quieran pero la caballerosidad debe estar por encima de todo. Echó un último ojo al espejo y se vio. Cambió una mueca por sonrisa y salió de casa. No sin decir a su madre que al rato volvía.
«El patasada» caminó con parsimonia mientras repetía en su cabeza lo que había pensado en los últimos días. Estaba todo listo, tras disfrutar de una horchata de coco en La Pérgola del parque y platicar con ella, la invitaría a regresar a pie, para darse tiempo y ánimo de cerrar una noche que había esperado tanto. Y así lo hizo, cuando le dijo a Melina que regresaran caminando, ella no opuso tanta resistencia, aun cuando sabía podía regresar más allá de la hora para la que tenía permiso. Pero bueno, le dijo él, un regaño tras lo bailado, no representa gran cosa. Ella sonrió y después de pagar la cuenta, encaminaron a casa. Diez minutos después, subían la pequeña pendiente de la calle Carpio para luego tomar la avenida que pasaba a un lado de la carretera federal. Dos cuadras después iniciaba un tramo poco iluminado en donde se decía las parejitas aprovechaban para hacer un alto en el camino. Cuando él sugirió se detuvieran un rato a platicar allí, tuvieron que desistir al descubrir un par de siluetas en la oscuridad. Metros después, recostados a una piedra charlaban. Distraído, «El patasada» apenas y seguía la plática deseoso como estaba de sentir aquellos deliciosos pechos que en la penumbra y debajo de la blusa se alcanzaban a entrever. Después de todo, ya sabía que Melina tenía buenas chichis y unas piernas riquísimas. En aquello estaba cuando escuchó a lo lejos la voz de ella preguntando en qué pensaba. “En nada”, respondió sobresaltado. En realidad pensaba en cómo reaccionaría ella si en ese instante la atraía y besaba. Sin apenas darse cuenta, fue ella quien tomó la iniciativa y plantó un largo beso. Estaba tratando de echar mano del menú de recursos para disfrutar de aquel instante, cuando sintió que su miembro comenzaba a cobrar vida. Convencido de lo natural de aquella reacción, debía aprovechar el momento, pues la tenía entregada al intercambio de fluidos y restregada a su cuerpo. La tomó por debajo de la cintura y apretó un poco más, mientras con su mano zurda buscaba desabrochar la blusa. En unos segundos, terminó por dejar sentir en la entrepierna de Melina su virilidad, mientras hacía audible el último click del tramo de blusa que ya dejaba exhibir el brassier blanco. Mientras pensaba en el siguiente paso, percibió cómo ella se acomodaba distinta y liberaba una de sus manos. Claramente sintió el roce de aquella mano hasta la altura del cierre. Emocionado, se acomodó para hurgar en las chichis y dejarse hacer. El entusiasmo por alcanzar el pezón, no le impidió sentir un ligero apretón en su miembro. De pronto, un zumbido ensordecedor. Allá, en la oscuridad y al fondo de ese extraño chillido que taladraba su oreja tras el golpe que asestara Melina arribita de la quijada, una voz -apenas audible- le recriminaba: “eres un depravado”. Como respuesta, el azoro de quien con los años, tampoco terminaría por entender lo ocurrido aquella noche, como tampoco ahora, tras escuchar de ella un “Sí… acepto”.