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La Séptima Noche...

lunes, 23 de junio de 2008

 


Todo por el futbol*
Héctor Cortés Mandujano

—Sólo los que aman el futbol saben lo que se siente cuando uno de nuestros jugadores mete gol y te vuelves hermano con todos los que le van a tu equipo: te abrazas, te emborrachas, gritas hasta ponerte ronco, das la vida por tu camiseta. Mi pasión es el fut, nada hay mejor que eso. Creo que si no se hubiera inventado el balón, el mundo estaría incompleto. Las piernas, si no sirven para correr, driblar y anotar goles, no sirven para nada.
A mi vieja le enojaba que yo me la pasara frente a la tele viendo los partidos de lo que fuera: los de la liguilla, los amistosos, los internacionales, los del mundial. Y luego veo los de un campito de por acá y también juego con un equipo que hicimos con los de la oficina. Qué chido que haya futbol por donde sea y a todas horas, hasta en la noche. Viva el futbol. Lo amo tanto que me rapé y mi cabeza quedó como una pelota futbolera.
De un tiempo a esta parte sólo hago las dos tres cosas indispensables que me piden en la chamba y voy a donde sea, con tal de no perderme ningún partido. Me sé de memoria las tablas, los juegos históricos, las alineaciones, los resultados. Me pinto la cara y uso matracas, banderitas, cornetas, para ver el fut en la tele o en los estadios. Por suerte, he visto que mi mujer ya no anda tan enojada conmigo y ya no me molesta con que no tome, con que ella también quiere ver cosas en la tele, con que quiere ir a otro lugar que no sea el estadio. Chale. Ahora, a veces, he llegado a la casa y no está. Me deja recaditos.

Me fui al estadio, de noche, y cayó una lluvia tan tremenda, que suspendieron el partido. Granizó y las calles se volvieron un desmadre. Regresé antes de lo previsto a casa. El aparato de sonido estaba a todo volumen aventando al aire una rola del Buki. Pensé que mi vieja ya dormía y abrí con cuidado la puerta del cuarto. Ahí estaba ella, encuerada, echando pata con un muchachito de unos 18 años, que vive por aquí cerca. Me encabroné, pero no quise actuar por impulso. Cerré la puerta despacito y me fui a la calle, a buscar dónde echarme un trago. Mi vieja me ha aguantado un chingo de cosas y desde hace un chico rato ya me deja estar con mi futbol, sin problemas. Se me hace que ni le voy a decir nada. Pa’ qué. Que siga con ése. Total, cada quien sus gustos.

*Texto inspirado en la foto de Alexis Sánchez, publicada en La segunda noche, el 19 de mayo de 2008.

Foto: Raúl Ortega ( Chiapas )

Foto: Félix Cúneo ( Veracruz )



Foto: Alexis Sánchez ( Chiapas )


Foto: Isaac Aguilar ( Veracruz )



De cuando la cuaresma era sólo una noche
Genaro Aguirre Aguilar

Hay noches que quedan en el recuerdo de la gente, como días sin los cuales esas noches pudieran pasar sin dejar su rastro en la memoria de las personas. Por eso, un día se compone de veinticuatro horas, la mitad de las cuales son para descorrer el telón de fondo y ver -como dijera el maestro Sabina- cuando “el sol se mete en su cuna del mar a roncar”, para poco después, envestirnos de personajes y escabullirnos por ahí, buscando subirle la falda a la luna. Por aquellos días, ninguno de nosotros bordaba la imaginación como para cruzar aun esos umbrales. Lo cierto es que las ganas para tomar por asalto la noche, era más bien relacionado con una forma distinta de entender –entonces- la celebración religiosa anterior a la Semana Santa.
El barrio era un lugar donde ocurría de todo, como de todo había en aquella viña del señor. Así, nuestro padre quien regularmente era estibador, a veces electricista, otra campesino y también pescador, próximo a la temporada de cuaresma, junto a un grupo de amigos, se ponía a arreglar los desperfectos que pudieran tener los tendales o las redes para pescar en las aguas del Río de las Mariposas.
Para entonces, las noches se teñían de imaginación con los relatos de aquellos pescadores que -cada noche- salían a navegar las aguas para ver si en su camino a desovar, algún robalo u otra especie, quedaban atrapadas por aquella enorme red que prácticamente cruzaba el río. Un grupo en bote, mientras otro tiraba de la cala desde la orilla recorrían los metros necesarios, hasta llegar al lugar señalado para luego levantar la red y subir al bote decenas de esa exquisita especie.
De allí que cuando mi padre convenció a mi madre para que lo acompañara una noche, nunca como hasta ahora, desee tanto que llegara el viernes. Fue aquel día y en aquel año cuando cumpliría los doce, que con mochila al hombro una tarde al caer el sol, trepado en la vieja bicicleta de mi padre, recorrimos algunos kilómetros antes de llegar al campamento de pescadores, a “La cuaresma”, como entonces le llamábamos. Llegamos y para cenar, ya estaba dispuesto lo que sería el mejor caldo de pescado que he comido en la vida. Tras la bienvenida y una suculenta cena, uno a uno de aquellos hombres sudorosos y con ropa con un extraño olor, comenzaron a levantar los pabellones para impedir que los moscos también disfrutaran de su platillo. Al rato, alrededor de una fogata, comenzaron a narrarse anécdotas que harían de aquella noche, la noche más memorable de nuestra infancia. Poco antes de las diez, estaba todo listo. Comenzaron el tendido de la red, dando gritos desde el otro lado de la noche, mientras un tipo de camisa andrajosa jalaba desde la orilla. En tanto, mientras esperaba el regreso en compañía del cocinero y la imaginación, esperábamos la celebración tras el seguro éxito de aquel “lance” (después de todo la red era grandota pasa sacar todo). Pero lo más importante, junto a esto, el relato de la mujer que susurró al oído a quien tiraba desde la orilla, para que tras unos instantes, en medio de un halo lumínico flotara hasta desaparecer tragada por la noche. O bien de aquellos que regresaban en la vieja barcaza que dar vuelta en el meandro, comprobarán que donde creían había una fogata a orilla del río, no era más que un arbusto; aun cuando casi todos, habían visto las siluetas y escuchado un saludo cuando comenzaban el recorrido.
Finalmente no supe lo que pasó, solo recuerdo que estaba tendido sobre la playa viendo las estrellas, cuando la voz de quien me acompañaba comenzó a desaparecer poco a poco. Al día siguiente, me desperté cuando ya sobre el carretón estaban estibadas las decenas de robálos que ponto saldrían para su venta. Tras aquello, lo que también recuerdo es que mi padre sonrió, mientras me tendía un morral con las viandas que mi madre había dado para que, aquella mañana, el desayuno de mis hermanos, fueran unos tacos paseados. Esa fue la primera y única noche en que “La cuaresma” dejó de ser un sueño, para convertirse en una experiencia vital. Una noche, plagada de encanto.

2 comentarios:

Paco Puentes dijo...

Fantástico relato, has hecho que mi memoria recuerde otros momentos, ya casi olvidados, de mi niñez.
Gracias y un saludo

Nocturno 1... dijo...

Gracias Papu, la noche es una especie de caja de recuerdos, miras, te miras y cuando te das cuenta tienes en tus manos no tan solo tu memoria, si no la de mucha gente más que disfruta o añora ese instante pasado de la vida.
Saludos
Félix